Reflexiones | 17-06-2016

Aniversario de la Guerra de los Seis Días Reunificación de Ierushalaim

Por David Drukier

La rutilante victoria del pueblo y el Estado de Israel en la Guerra de los Seis Días contra las naciones árabes marcó un punto de inflexión en la consideración del mundo con respecto a los Judíos; el crédito y la contemplación obtenidos a traves del Holocausto de seis millones de nuestros hermanos comenzó a esfumarse; pasamos de ser el débil y bueno de la película a ser el poderoso y el malo; el estereotipo del niño desamparado en el Gueto, con los brazos en alto y apuntado por el fusil de un soldado alemán, se había transformado en un muchacho entrenado que piloteaba aviones, lanchas torpederas, que conducía tanques y era imparable.
El mundo no lo pudo digerir, no pudo tolerar que una vez más como en 1948 o en 1956, pero esta vez con más capacidad, más tecnología y más inteligencia, el pequeño Estado de Israel emergía victorioso.
El antisemitismo tenía nuevamente un objetivo y un leitmotiv, se reinventó a sí mismo como antisionismo para regodeo de todas las izquierdas mundiales.

Israel pudo despedir a sus 780 héroes con dolor, pero con el convencimiento de que esas vidas no se perdieron en vano, los árabes nuevamente masticaban la rabia de la derrota, pero no se quedaron allí; concientes de sus limitaciones militares comenzaron a idear otras estrategias.
Inventaron el Problema Palestino, hasta el momento inexistente y aplicaron con Yasser Arafat a la cabeza el más sencillo y efectivo axioma de la propaganda Goebeliana: “Miente, que algo siempre quedará”, y así sucedió, premisas falsas, hechos históricos tergiversados quedaron como verdades hoy incuestionables para el mundo.
En el medio de todo este fárrago político-militar el pueblo judío también tenía su costado espiritual su “Neshamá”. Los dos primeros días de la guerra no nos fueron favorables, las noticias eran confusas, me acuerdo de que existía el temor de una nueva Shoá.
En los días siguientes los acontecimientos cambiaron, la guerra ya no era sólo de supervivencia, sino también de redención, las fuerzas de Tzáhal empezaron a dar vuelta la historia con una campaña arrolladora que asombró al mundo y que hasta hoy se enseña en todas las academias militares.
Pero hubo un momento mágico, el 7 de junio, una voz metálica que salía de un walkie-talkie militar decía: “Har HaBait beiadeinu”, todos los corazones del mundo judío se paralizaron por un segundo, y al instante comenzaron a latir al unísono en Ierushalaim, todos los corazones del Pueblo Judío. Luego, la foto de los tres paracaidistas junto al Muro recorrió el planeta.
¿Qué podemos decir de Ierushalaim, que la maravillosa prosa de Naomi Shemer no haya descripto?
“A Ierushalaim no se va, a Ierushalaim se vuelve, a Ierushalaim se asciende por la escala de las generaciones, por la escalera de la añoranza, por los peldaños de la redención”; escribió Itzjak Ianosovich
¿Qué podemos agregar, cuando en el tratado de Kidushim del Talmud de Babilonia nos cuenta que de las diez porciones de belleza que D´s otorgo al mundo, nueve eran para Ierushalaim?
Ierushalaim, una flor en el Desierto de Iehuda.
Ierushalaim, nutrida con dolor por la mejor savia, la sangre de la juventud del Pueblo Judío.

Benei Tikva · Sinagoga Leo Baeck · secretaria@beneitikva.org.ar

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