Parashat Hashavua | 1-7-2016

Parashat Shlaj lejá

Por el Sem Gustavo Geier

A veces las expresiones idiomáticas son extrañas.Algunas se entienden más y otras menos. La popular expresión “la gran siete”, por ejemplo, resulta casi inexplicable, y si buscamos, encontraremos que hay numerosas explicaciones que van desde orígenes costumbristas, hasta relaciones extrañas con turbios aquelarres.
La expresión “depende con el ojo que se lo mire”, nos es algo más cercana. Podríamos suponer que refiere a una cuestión física, que al mirar con un solo ojo tenemos una visión diferente del otro. Pero nuestra Parashá, nos enseña que no, que a veces, los ojos de uno no ven lo mismo que los del otro. Aun cuando estemos viendo exactamente lo mismo con los dos ojos.

La Parashá nos vuelve a traer el relato de los 12 meraglim, los 12 expedicionarios que enviara Moshé a investigar la Tierra Prometida. Aquella tierra de la que Adonai en su promesa, les había (y NOS había) asegurado que manaba leche y miel, y tantas otras bondades, pero....OOOOPS, parece que estaba un poco ocupada por otros pueblos. Y esto no debía ser un detalle menor.
De hecho, pareciera que parte del entrenamiento de Bnei Israel a la salida de Egipto iba a ser el aprender a defenderse y atacar, por si a lo largo de toda la historia por venir, esto hubiera de servirnos de algo... Casi premonitorio.
Volviendo al relato, Moshé indica a estos expedicionarios “...veréis la tierra, qué tal es ella; y el pueblo que la habita, si es fuerte, si es débil, si reducido es, si es numeroso. Y qué tal es la tierra en que él mora, si buena es ella, si mala; y qué tal las ciudades en que él mora en ellas, si en ciudades abiertas, si en ciudades fortificadas y qué tal es la tierra, si fértil es ella, si estéril; si hay en ella árbol, si no; y os esforzaréis y tomaréis del fruto de la tierra...” (BeMidvar 13, 18-20).
El resultado, nos es conocido: diez de los enviados informaron “La tierra por donde hemos pasado, es tierra que consume a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en ella son hombres de gran altura. Y allí vimos a gente fuerte de hijos de gigantes y a nuestros ojos eramos como langostas y así eramos a los ojos de ellos.”
Los restantes dos, Iehoshúa ben Nun y Caleb ben Iefuné, fueron los únicos que relataron las bondades de la tierra que habían visto y que sí les sería posible conquistarla, enfrentándose al clamor de todo el pueblo que volvía a elegir el volver a Egipto en lugar de seguir adelante.
La Torá nos muestra que el premio para Iehoshúa y Caleb, fue que ellos pudieron entrar a la Tierra Prometida, a diferencia de los restantes 10 meraglim, que murieron en el desierto.
Ahora bien. ¿Cuál fue la falta de los supuestos transgresores? ¿Ellos mintieron? Claramente no. La falta cometida no fue la de la mentira. Entonces ¿cuál fue la gran falta por la cual obtuvieron el castigo de no poder entrar a la tierra tan esperada?
Si vamos hacia el final de la parashá, obtendremos la respuesta.
El midrash Tanjumá, nos cuenta que el ser humano tiene tres partes en su cuerpo sobre las que puede tener pleno control, y otras tres sobre las cuales no tiene control alguno. Le es posible controlar su boca, sus manos y sus piernas. Con la boca puede pronunciar palabras de kedushá, palabras constructivas, de aliento, de contensión y amorosas, o puede elegir proferir maldiciones y agravios, y frases de destrucción. Con sus manos, a su vez, también puede construir o dar calidez, o una ayuda a un semejante, o puede robar o destruir lo construido. Con las piernas puede dirigirse por el camino correcto o elegir el que no lo es.
Por otra parte, los ojos, la nariz y los oídos, son las partes del cuerpo sobre los que casi no existe control alguno. No nos es posible elegir lo que vemos, lo que olemos o lo que oímos. Muchas veces muy a nuestro pesar.
Ahí, en esos momentos de flaqueza espiritual o en que nuestras percepciones nos fallan, es cuando interviene uno de los párrafos del Shemá que encontramos en esta parashá: “Y cuando viereis estas franjas, recordaréis los preceptos de Adonai, y los cumpliréis, y no os desviaréis en pos de vuestros impulsos” (Bamidvar 15:39).
La transgresión consisitió en dejarse llevar por el impulso de lo que los sentidos mostraban. El punto de vista que, a veces, nos hace percibir las cosas de la manera equivocada, por dejarnos llevar por el impulso y la incomprensión de la realidad que nos circunda o lo que otros nos expresan.
Que encontremos la manera moderar lo que vemos, olemos y oímos para que nuestra vista nos permita ver lo correcto, tener el olfato adecuado y el oído despierto, para conducirnos de manera positiva y constructiva.

Shabat Shalom.

Benei Tikva · Sinagoga Leo Baeck · secretaria@beneitikva.org.ar

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